Traducir no es solo pasar palabras de un idioma a otro. Es una forma de tender puentes entre culturas, de abrir puertas a ideas, estilos y sensibilidades que, sin la traducción, permanecerían encerradas en su lengua original.
Cada traductor es, en cierto modo, un autor secundario: reinterpreta, adapta y decide qué tono o ritmo conservar para mantener viva la esencia del texto. En ese proceso, se pone a prueba la delicada frontera entre fidelidad y creatividad.
La literatura traducida nos enseña que ningún idioma es una isla. Leer a autores extranjeros es, al mismo tiempo, leer el trabajo silencioso de quienes transforman esas palabras en algo que también nos pertenece.
