El lenguaje no solo describe el mundo: lo crea. A través de las palabras damos forma a nuestras experiencias, seleccionamos lo que merece ser contado y, a veces, lo que puede ser olvidado.
La literatura lleva este poder al extremo. Un narrador elige una voz, un adjetivo o un silencio, y con ellos construye realidades completas. En el análisis del discurso, esa misma elección revela intenciones, ideologías y perspectivas culturales.
Comprender cómo hablamos —y cómo nos hablan— es también una forma de leer el mundo con más conciencia. Porque cada palabra, incluso la más cotidiana, encierra una historia que vale la pena descubrir.
